
Manto Negro
A partir de la lectura de los apuntes del Dr. Atl, he reflexionado visualmente sobre lo que me parece más relevante: el eterno instante de la erupción, o tal vez así pudo parecer para quienes pudieron presenciar aquel fenómeno que el Dr. Atl definió como maravilloso y que, para las gentes de mi pueblo, fue una tragedia, un castigo: el desplazamiento de su propia tierra. El Dr. Atl lo describe de la siguiente manera y, a partir de ahí, he decidido dibujar esa erupción en constante cambio:
“un paisaje mortuorio iluminado fantásticamente por relámpagos amarillentos. No hay fotografía pintura que alcance a reproducir esta extraña cosa, en mi ambición de encontrar la forma de reproducirla, he vagado sobre las lomas hasta el anochecer sin lograr otra cosa que cubrirme del lodo que cae del cielo sobre la tierra y entre el cual mi cuerpo y mi espíritu se mueven como reptiles en un lodazal.” (Murillo, G., 1950, pp 66-67)
Y, sin embargo, el Dr Atl insiste en dibujar esa erupción.
Hay algo fuertemente revelador en esa cita: vagar por las lomas hasta el anochecer, no para domar la imagen, sino para fracasar ante ella; cubrirse del lodo que cae del cielo; sentirse cuerpo reptante entre materia volcánica. La experiencia no es contemplativa, es inmersiva. El paisaje no solo lo mira: lo atraviesa.
Si no hay imagen que alcance, entonces lo que intenta no es sólo copiar la forma, sino aproximarse a su intensidad expresiva. El volcán no es sólo ente visible; es un acontecimiento que compromete al cuerpo y al espíritu. El artista no está frente al fenómeno: intenta estar dentro de él.
Ese “lodo que cae del cielo” es el manto negro en gestación. No es todavía ceniza asentada, sino materia suspendida, una lluvia espesa que convierte al aire en sustancia. El cielo y la tierra se confunden. El cuerpo humano pierde su verticalidad y se mueve “como reptil”, es decir, al nivel del suelo, al nivel de la materia.
Quizá por eso la representación fracasa: porque el fenómeno no tiene forma estable. Es pura transformación que no se detiene. Es una erupción constante.
Dibujar, entonces, no debió ser reproducir el paisaje, sino asumir esa condición reptante: moverse entre polvo y lodo, aceptar que la imagen no es estática. En “Manto negro”, el dibujo no pretende alcanzar la totalidad del fenómeno; se limita a acompañarlo, a moverse dentro de su oscuridad.








